En los últimos años hemos empezado a hablar con mayor naturalidad de nuestras emociones, de la importancia de pedir ayuda o de la necesidad de expresar aquello que nos duele. Al mismo tiempo, también se han popularizado conceptos como la dependencia emocional, la manipulación o el victimismo.
Este nuevo vocabulario puede ayudarnos a comprender mejor determinadas dinámicas, pero también tiene un riesgo: utilizar etiquetas psicológicas «fáciles» para señalar situaciones mucho más complejas de lo que parece.
Una de estas confusiones aparece cuando alguien expresa su malestar y el entorno interpreta que “se está haciendo la víctima”. Mostrar dolor, sin embargo, no equivale necesariamente a adoptar el papel de víctima. De hecho, poder reconocer nuestra vulnerabilidad puede ser precisamente lo contrario: una forma de tomar conciencia de lo que nos ocurre y empezar a hacernos cargo de ello.
La diferencia entre vulnerabilidad y victimismo no está tanto en la intensidad del dolor sino en la relación que establecemos con él y en el lugar que damos al otro frente a nuestro malestar.
Vulnerabilidad: ¿qué es?
La vulnerabilidad es una parte inevitable de la experiencia humana. Ser vulnerables significa aceptar que aquello que vivimos nos afecta: puede despertar miedo, tristeza, inseguridad o dolor, pero también abrirnos al encuentro con los demás y permitirnos experimentar afecto, intimidad y amor. Ser vulnerables implica, en definitiva, dejarnos tocar por aquello que vivimos y por las personas con las que nos relacionamos.
«La vulnerabilidad es la capacidad de dejarnos afectar por lo que vivimos»
A menudo la confundimos con debilidad y tratamos de protegernos construyendo una imagen de fortaleza, control o autosuficiencia. Sin embargo, aceptar nuestra vulnerabilidad no implica ser débiles ni quedar indefensos ante lo que ocurre, sino reconocer nuestros límites, emociones y necesidades.
-¿Por qué nos cuesta tanto mostrarnos vulnerables?-
Vivimos en un contexto que premia la seguridad, la autosuficiencia y la capacidad de seguir adelante. Desde pequeños podemos aprender, de maneras más o menos explícitas, que ser fuerte significa no necesitar demasiado y, sobre todo, no dejar que los demás vean nuestro dolor. Así, poco a poco, podemos acabar confundiendo vulnerabilidad con debilidad. Sin embargo, son experiencias muy diferentes.
La debilidad suele asociarse a una falta de fuerza o recursos para afrontar una situación, y la vulnerabilidad, en cambio, tiene que ver con nuestra capacidad de dejarnos afectar por lo que vivimos. Ser vulnerables significa poder sentir miedo ante algo peligroso o importante, tristeza ante una pérdida, inseguridad cuando no sabemos qué va a ocurrir o dolor cuando algo nos hiere. Es, en definitiva, permanecer abiertos a nuestra propia experiencia.
Aceptar nuestra vulnerabilidad no significa vivir desbordados por nuestras emociones ni mostrarlas indiscriminadamente. Significa poder reconocer lo que sentimos, comprender qué necesitamos y descubrir cómo queremos responder ante aquello que nos ocurre.
-Cuando la vulnerabilidad del otro nos incomoda-
Si mostrarnos vulnerables puede resultar difícil, recibir la vulnerabilidad de otra persona no siempre es sencillo. El dolor ajeno puede despertar en nosotros incomodidad, culpa, sensación de exigencia o la necesidad de defendernos. En esos momentos, expresiones como “te estás haciendo la víctima” pueden describir una dinámica real, pero también funcionar como una forma de deslegitimar aquello que nos cuesta sostener.
Nuestra manera de recibir la vulnerabilidad ajena está, además, relacionada con cómo hemos aprendido a relacionarnos con la propia. Aquello que nos cuesta tolerar en nosotros también nos va a incomodar cuando lo expresa otra persona. Por eso, antes de interpretar una muestra de dolor como victimismo, conviene observar qué está ocurriendo realmente: tanto en quien expresa su malestar como en quien lo recibe.
La diferencia entre mostrar vulnerabilidad y victimizarse
Como señalamos más arriba, la diferencia entre vulnerabilidad y victimismo se encuentra en la relación que establecemos con nuestro dolor.
Cuando nos mostramos vulnerables, expresamos nuestro malestar. Esto puede significar:
- Explicar un problema que estamos atravesando.
- Nombrar nuestro dolor tal y como lo sentimos.
- Pedir ayuda sin renunciar a nuestra responsabilidad.
- Expresar emociones que nos resulta difícil mostrar.
- Compartir una experiencia dolorosa de nuestro pasado.
Victimizarse implica un movimiento diferente: el dolor empieza a cumplir una función más allá de ser expresado. Consciente o inconscientemente, puede convertirse en una manera de protegernos de aquello que nos resulta difícil afrontar, justificar nuestra posición ante una situación o influir en la respuesta de los demás. Por ejemplo:
- Generar compasión, atención o cuidado.
- Hacer sentir culpa a otra persona.
- Justificar la inacción.
- Evitar confrontaciones o situaciones que nos generan miedo.
- Mantener determinados vínculos desde la dependencia.
- Descartar sistemáticamente posibles soluciones o alternativas.
Esto no significa que quien se victimiza esté fingiendo ni que exista necesariamente una intención deliberada de manipular. Muchas veces se trata de una forma aprendida de protegernos y relacionarnos.
Determinadas maneras de expresar el sufrimiento pueden habernos servido para recibir cuidado o evitar un conflicto, pero también para no enfrentarnos a una decisión, una pérdida, un miedo o una situación para la que no sentíamos tener suficientes recursos.
Una estrategia que en algún momento tuvo sentido puede acabar convirtiéndose, con el tiempo, en una forma rígida de responder ante aquello que nos ocurre.
-Ser víctima no es lo mismo que victimizarse-
Conviene hacer una distinción importante: ser víctima de una situación no es lo mismo que victimizarse. Podemos haber sufrido una injusticia, una agresión, un abandono o una experiencia sobre la que teníamos poca o ninguna capacidad de decisión. Reconocer el daño, expresar nuestro dolor o señalar la responsabilidad de quien nos lo causó no es victimizarse, sino reconocer lo que nos ha ocurrido.
La diferencia aparece en cómo nos relacionamos con ese dolor y qué hacemos a partir de él. La victimización puede surgir cuando quedamos instalados en una posición de impotencia que nos dificulta reconocer nuestros recursos, explorar alternativas o recuperar nuestro margen de acción.
«Expresar dolor no equivale a victimizarse»
Hacernos responsables no significa culpabilizarnos por lo vivido ni pensar que todo depende de nosotros, sino preguntarnos, dentro de nuestras posibilidades, qué podemos hacer ahora con aquello que nos ha ocurrido.
Vulnerabilidad, dolor y responsabilidad
Mostrarnos vulnerables no nos convierte en víctimas ni implica renunciar a nuestra capacidad de actuar. Al contrario, reconocer que algo nos afecta puede ser el primer paso para comprender qué necesitamos y recuperar nuestra capacidad de respuesta.
Por eso, antes de etiquetar nuestro dolor o el de los demás como victimismo, quizá convenga preguntarnos qué relación estamos estableciendo con él: si podemos escucharlo y darle espacio o si, por el contrario, hemos quedado atrapados en él.
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