Los 5 tipos de empatía: ¿en cuál sueles estar?

Los cinco tipos de empatía

Aunque la capacidad para la empatía es innata en todo ser humano, hay diferencias individuales que influyen en el grado y la forma en que cada una la vivimos. La educación que hemos recibido, los modelos familiares, nuestra personalidad y estructura emocional, las experiencias vitales y las normas interiorizadas son algunas de esas variables.

En este otro artículo hablamos sobre la empatía y sus carencias y excesos. Hoy te explicamos cuáles son sus cinco tipos y también algunas actitudes que pueden parecer empáticas pero que en realidad se alejan mucho de serlo.

1 – Contagio emocional

La empatía más superficial  y «fácil» es la que se despierta a partir de la tristeza y el dolor ajenos. Se trata de un contagio emocional no elaborado conscientemente, como si no se distinguiera el dolor propio del ajeno. Es una reacción bastante automática (se da también en recién nacidos), por lo que en realidad no hay una verdadera intención de comprender a la otra persona. Este hecho deja fuera emociones más complejas o menos fáciles de entender.

La activación fisiológica al ver sufrir a otra persona ha sido comprobada en individuos de distintas edades y culturas, por lo que se supone universal (inherente al ser humano, e incluso, a otras especies).

Los 5 tipos de empatía: ¿en cuál sueles estar?

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2 – Empatía elaborada

Al contrario que en el contagio emocional, aquí se da una elaboración cognitiva voluntaria, que correspondería a la definición básica de empatía: ¿cómo me sentiría yo en tu lugar?. La respuesta a esta pregunta no deja de estar filtrada por nuestros propios referentes, cosa que a veces nos lleva a juzgar erróneamente lo que la otra persona necesita, siente o debería hacer/decidir/sentir. Es decir, la empatía no queda libre de nuestras proyecciones (consistente en ver en otros -proyectar- los propios pensamientos o emociones).

Por otro lado, puede darse un efecto llamado malestar empático: imaginarnos cómo nos sentiríamos en el lugar de otra persona que siente dolor o rabia nos despierta emociones negativas. Si ponemos en marcha una conducta de ayuda, ésta podría estar motivada por razones egoístas: eliminar nuestro propio malestar y no tanto el de la otra persona («te ayudo porque tu sufrimiento me hace sufrir a mí»).

3 – Empatía selectiva

La empatía selectiva aparece cuando somos capaces de empatizar solamente con unas determinadas personas, emociones o situaciones. Por ejemplo: puedo empatizar ante tu dolor, pero no cuando te enfadas conmigo. Empatizo cuando yo actuaría igual que tú, pero no cuando actúas distinto. Puedo empatizar si te veo parecida a mí, pero no si te veo muy distinta. Empatizo si lo que te pasa es con una tercera persona, pero no si yo estoy implicado. Empatizo si sigues mis consejos, pero no si no lo haces…

4 – Perspectiva empática

Para que se dé una empatía más profunda, es imprescindible abrir la mente y darnos cuenta de que cada uno vivimos en un universo personal e intransferible. Lo que es lógico para mí, no tiene por qué serlo para ti. Algo que a ti te parece normal, a mí no. Lo que a mí no me cuesta nada, para ti es muy complicado…

La empatía en su nivel más elevado es aquella en la que nos ponemos en la piel del otro pero a un nivel más hondo, no viendo lo que me pasaría a mí en tu situación, sino lo que te pasa a ti en tu situación. Si me meto realmente en tu piel, tengo en cuenta tu forma de ser, experiencias, circunstancias, manera de ver el mundo, etc… podré acercarme a lo que realmente sientes. Si no te conozco lo suficiente, bastará con aceptar que mi manera de funcionar no es la única.

La verdadera empatía es entrar en el universo del otro, viendo las cosas desde de sus ojos y no desde los propios

La ayuda que podemos ofrecer desde aquí se ajusta mucho más a las necesidades reales de la otra persona porque hay menos proyección. Ahí está la verdadera empatía: asomarnos al mundo del otro, viendo a través de sus ojos y no de los nuestros, y desde ahí, poner una mirada compasiva. Otro punto importante es ver que empatizar no significa necesariamente estar de acuerdo con las razones o decisiones de la otra persona.

5 – Pseudoempatía exprés

A veces podemos refugiarnos detrás de una actitud supuestamente empática para no conectar con alguna emoción que nos cuesta gestionar. Entramos es este tipo de empatía cuando ante una situación que nos afecta directamente tratamos de entender y justificar las razones ajenas antes de ocuparnos de nuestras propias emociones. Es como si la empatía hacia el otro anulara la «empatía» hacia una misma. 

Un ejemplo: Patricia se da cuenta de que algo que su padre le decía cuando era niña le ha acarreado serios problemas a lo largo de su vida. Como le quiere mucho, entra en una «pseudoempatía» con la que poder justificarle, como forma de evitar el dolor que le produce darse cuenta de ello, y también la culpa al admitir que papá no es perfecto («no se daba cuenta», «entiendo por qué reaccionaba así» «lo hacía con buena intención», «tenía muchos problemas»…).

La forma sana de gestionar una situación así pasa por atender lo propio en primer lugar (rabia, tristeza, decepción..) y sólo después de reconocido y trabajado, empatizar con el otro de forma auténtica.

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NO ES UNA CONDUCTA EMPÁTICA…


A menudo confundimos la empatía con algunas actitudes que no sólo la dificultan sino que la pueden llegar a anular. Podemos reaccionar ante el dolor o las decisiones de otros de forma muy poco empática a partir del filtro de nuestras propias dificultades emocionales (la proyección mencionada más arriba), que nos complican la tarea de entender funcionamientos distintos al nuestro.

Salvo en algunas excepciones, las actitudes que nombramos a continuación generan incomprensión, frialdad, juicio y poco apoyo, además de mermar nuestra capacidad de sentir y de sentirnos:

– SEÑALAR «EL LADO POSITIVO» – 

«Sí, te has separado, pero tienes trabajo, amigos y una bonita casa».  Ser positivos se ha convertido en una obsesión social que muchas veces resulta perjudicial. Señalar a alguien la supuesta parte positiva de una situación que está viviendo con dolor, no es empatía sino insensibilidad y desconexión emocional.

– MINIMIZAR –

«En realidad no es tan grave», «A otras personas no les afecta tanto».

– JUZGAR –

«No ha tomado la decisión correcta», «Está siendo egoísta e irracional».  Juzgar las decisiones, emociones o circunstancias del otro supone refugiarse en una racionalidad fría y carente de empatía. En la disociación del sufrimiento ajeno se hace imposible ver que cada uno enfrentamos las cosas de forma distinta, que hacemos lo que podemos con lo que nos toca vivir.

– CREER QUE TODO ES CUESTIÓN DE VOLUNTAD –

«¿Si está tan mal, por qué no se va del trabajo?», «Tendría que salir de esa relación de maltrato».

– SOLUCIONAR –

«Lo que tienes que hacer es enfrentarte a él», «Te tienes que separar» .  Pretender solucionar el problema de la otra persona no siempre es ofrecer un apoyo real. La escucha y la simple presencia suelen ser la mejor de las ayudas. Por otro lado, reducirlo todo a una cuestión de voluntad o de toma de decisiones («¿si está tan mal, por qué no se va?») también es signo de tener una mente cerrada y de pasar por alto que nuestra dimensión emocional es profunda y muy compleja. Querer no siempre es poder.

Empatizar a nivel profundo es signo de sensibilidad y madurez emocional. La capacidad empática es imprescindible para poder vivir en sociedad y promover conductas de ayuda. Vale la pena trabajar en ella para ampliar la capacidad de sentir, conocernos mejor y conectar con los demás. Si te interesa trabajar en tu capacidad empática, puedes pedirnos una primera sesión gratuita de terapia presencial u online y te explicaremos cómo podemos ayudarte.

*foto de portada de Puwadon Sang-ngern



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