Empatía: manual de usos y abusos

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Todos creemos ser empáticos. Y sí, como seres emocionales que somos, tenemos la capacidad de sentir empatía a no ser que algún problema médico nos lo impida. La actitud empática, no obstante, tiene muchos matices que no siempre son sencillos de apreciar. En el artículo de hoy trataremos de aclarar algunos de sus usos, abusos, grados y tipos.

 


VULNERABILIDAD + EMOCIÓN + COMPASIÓN


La empatía es la actitud de identificarse con alguien para experimentar y comprender sus emociones, acciones o pensamientos. Aunque todos tenemos la capacidad de empatizar, ésta se moldea a partir de la educación recibida, las características personales (por ejemplo si somos más o menos emocionales) y nuestro historial vital. La capacidad de empatizar puede también ampliarse a partir de un trabajo interno dentro del marco de un proceso terapéutico o de crecimiento personal.

Se sabe que la conexión con los sentimientos, pensamientos y decisiones de los demás resulta esencial en la creación de vínculos, la interacción social y el manejo de las propias emociones.

La capacidad de colocarse en el lugar del otro es una de las funciones más importantes de la inteligencia. Demuestra el grado de madurez del ser humano.
Augusto Cury

Hay muchos tipos y grados de empatía: insuficientes y excesivos, superficiales y profundos, reales y falsos… Si jugamos a imaginar la fórmula de una empatía sana y profunda, ésta podría ser:

vulnerabilidad + emoción/pensamiento + compasión 

1. Vulnerabilidad: La vulnerabilidad no es debilidad (lee este artículo ) sino la capacidad de dejarse afectar, de ser permeables a lo que sucede a nuestro alrededor. Tiene que ver con ser sensibles, receptivos y permitirnos sentir, por lo que es el primer paso imprescindible para que se produzca la empatía.

2. Emoción/pensamiento: Para poder conectar con lo que te está ocurriendo a ti, antes tengo que conectar conmigo para encontrar referentes propios: a nivel emocional, recurrir a mis emociones para poder aproximarme a tu experiencia de forma sensible. A nivel cognitivo, para comprender (que no necesariamente compartir) los pensamientos y motivaciones que te llevan a actuar o a sentirte así.

3. Compasión: La compasión de la que hablamos no es aquella que mira con lástima y desde una cierta superioridad, sino la que observa al otro de forma amorosa y como a un igual. La compasión sólo se puede dar desde la ausencia de juicio, por lo que es imprescindible para que se dé la actitud empática.

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– Empatía y proyección –

No podemos hablar de empatía sin mencionar que, inconsciente e inevitablemente, todos proyectamos sobre los demás nuestra propia forma de ser, sentir y reaccionar. Es decir, vemos fuera lo que tenemos dentro, y por eso la empatía también se ve condicionada por nuestra visión particular del mundo.

Empatizar no significa necesariamente «acertar» lo que el otro siente o piensa, lo verdaderamente importante es la acción de conectarnos de forma emocional y sensible con las experiencias de los demás.

 


FALTA DE EMPATÍA


Las personas a las que les cuesta ponerse en la piel de otros no suelen ser conscientes de ello. La poca capacidad empática suele derivar de dificultades con el reconocimiento y la gestión de las propias emociones, una estructura de carácter de tendencia racional, agresiva o defensiva, una infancia carente de afecto o haber sufrido algún tipo de abuso.

Ser capaz de sentir no significa ser capaz de empatizar. A menudo la sensibilidad se confunde con la empatía, y aunque la primera es imprescindible en el desarrollo de la segunda, ambas son muy distintas: una cosa es verme afectado con algo que me concierne de forma directa (sentir amor, admiración, rabia, dolor, etc…), y otra, empatizar con lo que les sucede a los demás.

Aquellos con dificultades para empatizar también suelen ser incapaces de predecir (o ni siquiera se plantean hacerlo) el impacto que sus palabras o actos pueden tener en los otros. Dicen lo que piensan de forma directa y con poco filtro, cosa que les hace creerse más sinceros y auténticos que el resto. Detrás de esa máscara de supuesta sinceridad, en realidad se esconde agresividad y problemas emocionales.

La sinceridad sin empatía es simplemente crueldad.
Dr. Domènec Luengo

Expresar nuestros sentimientos y pensamientos es una actitud sana siempre que usemos la empatía para valorar el efecto que puede tener en los que nos rodean. Incluso los asuntos más peliagudos pueden tratarse desde el tacto y la sensibilidad, que no son otra cosa que expresiones de afecto, cuidado o respeto hacia el otro. (No hablamos de ser «políticamente correctos» sino asertivos, respetuosos y sobre todo, humanos).

Las personas poco empáticas necesitan trabajar en su esfera emocional, potenciar su sensibilidad, trabajar en los orígenes de su falta de empatía y aprender recursos para mejorar sus habilidades sociales. En este sentido, algunos enfoques como la Terapia Gestalt disponen de técnicas concretas que ayudan a trabajar la empatía de forma profunda y efectiva.

 


EXCESO DE EMPATÍA


Igual que en su ausencia, el exceso de empatía acarrea problemas a nivel emocional y relacional. Las personas hiper-empáticas suelen ser muy sensibles y viven como propios los sufrimientos ajenos. El contenido afectivo extra les causa una sobrecarga emocional que les acaba pasando factura a varios niveles.

La confluencia es el mecanismo psicológico por el cual la frontera entre el «yo» y el «tú» se diluye o borra: el confluente e hiper-empático es como una esponja que absorbe las emociones de su entorno. Al hacerlas suyas, puede implicarse en exceso en la resolución de problemas que no le corresponden, comportándose a veces de forma invasiva o dependiente.

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El trabajo interno de las personas con extra de empatía (se recomienda un acompañamiento profesional)  pasa por cultivar su individualidad, poner límites internos y externos, centrarse en sus propias necesidades, obtener recursos de gestión emocional y trabajar en el origen de su confluencia.

 


NIVELES Y PROFUNDIDADES


1. Pseudoempatía exprés

A veces podemos escondernos detrás de una actitud supuestamente empática para no entrar en alguna emoción que nos cuesta gestionar. Por ejemplo: Patricia se da cuenta de que algo que su padre le decía cuando era niña le ha acarreado serios problemas a lo largo de su vida. Como le quiere mucho, entra en una «pseudoempatía instantánea» con la que poder justificarle («no se daba cuenta», «lo hacía con buena intención», «tenía muchos problemas»), como forma de evitar el dolor que le produce darse cuenta de ello, y también la culpa y la sensación de traicionarle al admitir que no es perfecto.

La forma sana de gestionar una situación así pasa por atender lo propio en primer lugar (rabia, tristeza, decepción..) y sólo después de reconocido y trabajado, empatizar con el otro.

2. Nivel principiante

La empatía más sencilla y superficial es la que se despierta sólo a partir de la tristeza ajena. Se trata de una reacción bastante automática que nos lleva a conectar con nuestro propio dolor y empatizar desde él. No obstante, este tipo de empatía deja fuera otras emociones menos «fáciles» de comprender como pueden ser la rabia, la frustración, la agresividad, el miedo…

3. Nivel intermedio

Este nivel correspondería a la definición básica de empatía: ¿cómo me sentiría en tu lugar?. Esto no deja de estar filtrado por nuestros propios referentes, cosa que a veces nos lleva a juzgar lo que creemos que la otra persona debería hacer/decidir/sentir, sobre todo en un conflicto en el que estamos implicados.

4. Nivel experto

Lo que es lógico para mí, no tiene por qué serlo para ti. Lo que a ti te parece normal, a mí no. Lo que yo veo muy sencillo, para ti es imposible… Para que se dé una empatía más profunda, es imprescindible abrir la mente y tener darnse cuenta de que cada uno vivimos en nuestro propio mundo.

La empatía más completa es aquella en la que nos ponemos en la piel del otro pero a un nivel más hondo, no sólo viendo lo que me pasaría a mí en tu situación, sino lo que te pasa a ti en tu situación. Si me meto realmente en tu piel, tengo en cuenta tu forma de ser, experiencias, circunstancias, manera de ver el mundo, etc… podré acercarme a lo que realmente sientes. (Y si no te conozco lo suficiente, bastará con aceptar que mi manera de funcionar no es la única).

La verdadera empatía es entrar en el universo del otro, viendo las cosas a través de sus ojos y no sólo desde los propios

Un ejemplo: la pareja de Laura no la trata bien y su amigo Roberto ve como ella sufre. Roberto no entiende por qué Laura sigue en esa relación ya que él la habría cortado hace tiempo (empatía nivel intermedio). Si Roberto profundiza un poco más y entra realmente en «el mundo» de Laura, podrá darse cuenta de que la autoestima de ella está demasiado frágil para tomar esa decisión. También que Laura tiene un carácter inseguro y que en este momento el resto de su vida tampoco funciona demasiado bien. Ahí está la verdadera empatía: asomarnos al universo del otro, viendo a través de sus ojos y no sólo de los nuestros, y desde ahí, poner una mirada compasiva.

 


NO ES EMPATÍA (aunque pueda parecerlo)


A menudo confundimos la empatía con algunas actitudes que no sólo la dificultan sino que la pueden anular. Podemos reaccionar ante el dolor o las decisiones de otros de forma muy poco empática a partir del filtro de nuestras propias dificultades emocionales (la proyección que mencionamos más arriba), que nos complican la tarea de entender funcionamientos distintos al nuestro.

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Las actitudes que nombramos a continuación sólo generan incomprensión, frialdad, juicio y poco apoyo, además de mermar nuestra capacidad de sentir y de sentirnos:

– VER «EL LADO POSITIVO» – «Sí, te has separado, pero tienes trabajo, amigos y una bonita casa»

Ser positivos se ha convertido en una obsesión social que muchas veces resulta perjudicial. Señalar a alguien la supuesta parte positiva de una situación que está viviendo con dolor, no es empatía sino insensibilidad y desconexión emocional.

– MINIMIZAR – «En realidad no es tan grave»
– 
JUZGAR – «No ha tomado la decisión correcta», «está siendo exagerada e irracional»

Juzgar las decisiones, emociones o circunstancias del otro supone refugiarse en una racionalidad fría y carente de empatía. En la disociación del sufrimiento ajeno se hace imposible ver que cada uno enfrentamos las cosas de forma distinta, que hacemos lo que podemos con lo que nos toca vivir.

– CREER QUE TODO ES CUESTIÓN DE VOLUNTAD – «¿Si está tan mal, por qué no se va?»
– SOLUCIONAR –«Lo que tienes que hacer es cambiar de trabajo»

Pretender solucionar el problema del otro no es ofrecer un apoyo real. La escucha y la simple presencia, suelen ser la mejor de las ayudas. Por otro lado, reducirlo todo a una cuestión de voluntad o de toma de decisiones («¿si está tan mal, por qué no se va?») también es signo de tener una mente cerrada y de pasar por alto que nuestra dimensión emocional es muy profunda y compleja. Querer no siempre es poder.

Ser capaces de empatizar a nivel profundo es signo de madurez emocional. Vale la pena trabajar en nuestra empatía para ampliar la capacidad de sentir, conocernos mejor y conectar con los demás. Si crees que necesitas trabajar tu empatía, pídenos una primera sesión gratuita de terapia presencial u online.



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