El camino del amor

El camino del amor

Tenía unos 5 años cuando empecé a tener conciencia de lo que es la memoria, a acordarme tanto de las malas experiencias como de las cosas buenas que me pasaban. A las más dolorosas no les quería hacer demasiado caso y pronto aprendí a apartarlas. A pesar de eso, eran las que más permanecían en mi interior y las que, sin saberlo, me iban formando como persona.

Me sentía querido por mis padres, pero de alguna manera también sentía que sus atenciones no eran las suficientes, que me faltaba algo. A veces no me daban lo que yo quería, a veces me decían que no, a veces no me atendían cuando o como yo lo necesitaba, y poco a poco el amor auténtico que sentía hacia ellos se fue deformando con las maniobras que yo usaba para llamar su atención. Esta necesidad de ser más visto, de que me quisieran más, hizo que acabara confundiendo mis estrategias para sentirme querido con la propia emoción del amor.

Cuando crecí y empecé a relacionarme más en sociedad, seguí utilizando aquellas maniobras que me ayudaron a “sobrevivir” y a conseguir más atención en casa. Aunque esas estrategias en realidad nunca me saciaban, yo las seguía manteniendo con la esperanza de que algún amigo, profesor o novia me diera lo que sentía que mis padres no me habían podido dar por completo. Acostumbrado a buscar el reconocimiento fuera de mí y creyendo que alguien podría llenar aquella insatisfacción, cada vez me alejaba más y más de mi corazón, de mi propio amor.

Ya más mayor e independizado, tuve varias relaciones sentimentales. Ahora entiendo que todas fallaron por lo mismo:  la infelicidad que tarde o temprano acababa sintiendo con mis parejas, no era otra cosa que el amor que no era capaz de darme a mí mismo, ese mismo amor que les reclamaba a ellas en un intento de que llenaran mi vacío.

Aunque la ultima relación parecía estar cuajando, tenía la sensación de estar repitiendo lo de siempre: la misma búsqueda en el exterior. Mientras mi pareja me ofrecía actos de amor que yo no era capaz de ver, mi permanente demanda de reconocimiento y mi palabrería mental conseguían que me relacionara con ella a través de la inseguridad, el miedo, el orgullo y otras emociones reprimidas como el enfado y la tristeza. No solamente me sucedía con mi pareja, sino también con los amigos, en el trabajo… en realidad con todo lo que tenía que ver conmigo. Sólo era capaz de ver lo que me faltaba, y no lo que me daban.

De alguna manera mi corazón hacía intentos de mostrarse, sensibilizándose por cosas como la música, los animales, las personas indefensas, el fútbol, la política, el cine, las injusticias… enseñándome que era capaz de expresar cosas, de sentir, pero siempre con la mirada puesta fuera de mí como si todo lo que me pasaba no tuviera nada que ver conmigo. Como si las personas con las que me relacionaba, las circunstancias con las que vivía y la buena o la mala suerte fueran los culpables de mi insatisfacción.

Un día, una persona me recomendó que volviera esa mirada hacia adentro, que en lugar de echar la culpa a los demás de lo que yo sentía, me hiciera responsable de lo que me pasaba a mí. Me dijo que la rabia que me producían ciertas personas era mi rabia, no la suya, que la alegría que me producían los otros era la mía, que la tristeza que me producían los demás era mi tristeza, y que solamente yo podía ocuparme de lo que sentía, independientemente de quién o qué me lo despertara.  Entonces me pregunté: ¿cuánto tiempo hace que no me ocupo de mis propias emociones? la respuesta era clara: desde que de niño ya intentaba evitar aquellas que me resultaban desagradables, aquellas que no me permitía o que no me dejaban expresar por estar mal vistas o por miedo a que me identificara con ellas.

Aquella persona me acompañó y me ayudó a hacer lo que hasta ese momento no había podido: expresar y dar espacio a mis emociones, mis pensamientos, mis sensaciones.
Lo negativo que sentía o pensaba de las personas que quería o que alguna vez había querido, pudo al fin vaciarse dando voz a todo el dolor, las quejas y la rabia que habían permanecido ocultos desde que era niño y que arrastraba desde entonces sin saberlo. Por fin pude ver, sentir y expresar las emociones que me habían provocado las personas que me habían ido frustrando a lo largo de mi vida. Gracias a eso poco a poco fui quedando cada vez más vacío, y entendí que mi verdadero amor por fin comenzaba a brotar.

Empecé a comprender a mis hermanos, jefes, novias, amigos… pero sobre todo a mis padres. Entendí que con sus propias frustraciones, historias personales y creencias, lo habían hecho lo mejor que supieron, que en realidad me habían dado todo el amor que habían sido capaces. Y con este descubrimiento, por fin fui capaz de ver lo que sí habían hecho por mí, lo que sí me habían dado. Como dijo Tagore: “si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”.

Al poder vaciarme de mis lágrimas hizo que empezase a ver todas las «estrellas» que había a mi alrededor.  Ahora solo me toca dar espacio al amor hacia mí mismo.

Ésta es la historia de M., pero es una historia universal. Podría ser la de cualquiera de nosotrxs, que en su infancia buscó la manera de sentirse más queridx por sus padres, como todxs hacemos. La de cualquier persona que sin darse cuenta, mantuvo esas defensas a medida que fue creciendo y que, como nos pasa a todxs, poco a poco se convirtieron en su manera de relacionarse con el mundo. Alguien que inconscientemente usa el miedo, o la dominación, o el orgullo, o la exigencia, o la sumisión, o la insensibilidad, o el victimismo o cualquier otra actitud que en el fondo le hace daño, porque como nos pasa a todxs,  eso es lo que aprendió a hacer  cuando no tenía más recursos.

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Cualquiera que un día se da cuenta de que tiene que haber una manera más abierta, libre y fácil de estar en el mundo. Alguien que al fin tiene la valentía de iniciar un camino que le lleve a sí mismx, a aceptarse, a darse, a verse, a dejar atrás las viejas máscaras y a liberarse de la jaula que había construído para sí.

Alguien que finalmente, se encuentra consigo mismx y decide DESPERTAR.



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