“Y tú más”: escapando de la responsabilidad

“¡Y tú más!”

¿En qué escena te imaginas esta frase? No resulta complicado pensar en unxs niñxs discutiendo en el patio del colegio, a una pareja llena de reproches o a dos políticxs en el congreso de los diputados (por desgracia, el “y tú más” es el recurso estrella de la política actual!). En cualquier ámbito, esta frase es una reacción defensiva que acusa al otro para eludir la propia responsabilidad respecto a algo.

En artículos anteriores hemos hablado sobre cómo usamos algunos mecanismos poco sanos a la hora de comunicarnos, como por ejemplo lanzando indirectas, haciendo suposiciones, manipulando, etc… El “y tú más” también forma parte de este grupo de maniobras evitativas. Muchas de estas estrategias son inconscientes y las utilizamos como manera de escabullirnos de la responsabilidad de expresar algo de forma asertiva o de asumir cosas que nos cuesta aceptar o confrontar. 

Barcelona gestalt culpaEn la clasificación de Satir y Shostrom que distingue entre cuatro maneras distintas de manipulación ante un conflicto (evitativa, apaciguadora, inculpadora y predicadora), nuestra frase es claramente inculpadora: algo que es percibido como un ataque, se vuelve en una acusación hacia la otra persona.

Si bien es cierto que a veces puede ser útil para mostrarle a otrx una actitud de la que puede no estar dándose cuenta, resulta evidente que el “y tú más” es una estrategia un tanto infantil, agresiva y no demasiado honesta.

En el mundo de la pareja resulta un recurso bastante habitual: siento que me acusas y por lo tanto, yo contraataco acusándote a tí… ¿Y qué conseguimos? De hecho, muchos “beneficios”… y lo ponemos entre comillas porque claro, los beneficios de una actitud perjudicial… ¡sólo pueden ser perjudiciales!. En este caso, algunos de ellos son:

1 – No hablar directamente del tema, pasando la atención del “qué” (lo que pasa) al “quién” (la persona que lo hace).  La frase ataca al/a otrx, pero no se centra en el tema del que se está hablando. Lo realmente importante no es quién lo hace, sino el acto en sí, que queda al margen y sin ser tratado directamente.

2 – Eludir la responsabilidad. Aunque hay una aceptación implícita, con el contraataque no se llega a expresar de forma directa, lo cual lo convierte en algo así como: “sí, yo lo hago, pero tú también“. La manera responsable de expresarlo sería, por ejemplo: “sí, admito que ha sido así”, y actuar en consecuencia.

3 – Justificar el comportamiento: si digo que tú también lo haces, me descargo de mi responsabilidad creyendo que eso me proporciona un cierto “permiso” para hacer lo mismo. Escudarse en lo que hacen los demás es una actitud bastante inmadura y poco comprometida.

4 – No centrarme en el presente: si hablo de las veces en las que tú también lo hiciste (pasado), evito mi responsabilidad en el ahora (presente). Lo adecuado es que nos centremos en este momento (o sea, en mí), y que tratemos lo tuyo en el momento en el que suceda.

5 – Poner en duda la autoridad moral: “tú no puedes corregirme porque haces lo mismo que yo“. La autoridad de alguien no tiene nada que ver con lo que está exponiendo, y mezclar ambas cosas sólo aporta más confusión. Una cosa es el hecho que está señalando, y otra, si es coherente o no con su propia actitud.


PREDICAR CON EL EJEMPLO


El cuestionamiento de la autoridad moral, no obstante, sí puede resultar válido: ¿con qué autoridad te acuso de algo que yo mismx hago? ¿Con qué autoridad moral me dices algo que tú no estás cumpliendo?

niña con su padre reconocimiento gestaltEn el ámbito terapéutico, por poner un ejemplo, sería totalmente lícito que nuestrxs  clientes y alumnxs nos pusieran en duda como profesionales si no hubiéramos experimentado el proceso terapéutico por el que luego lxs acompañamos. Otro terreno en el que podemos encontrar interminables ejemplos es el de la crianza: un padre diciéndole a su hijo que no grite… a gritos. Una madre dándole un cachete a su hija porque ha pegado a su hermana…

Cuando somos padres, tenemos la responsabilidad de ser coherentes y predicar con el ejemplo. De nada sirve intentar inculcar una serie de actitudes o valores cuando sólo son palabras. No hablamos sólo de aspectos cotidianos como pueden ser los estudios o las responsabilidades en casa, sino también de actitudes y creencias a nivel profundo que a veces no llegan a expresarse nunca de manera directa, pero que calan muy hondo en el plano emocional y psicológico de nuestrxs hijxs.

En este sentido, recuerdo a J., un cliente que oyó por parte de su padre y durante toda su vida, que ante la vida hay que tener una actitud positiva, independiente y autosuficiente. El problema era que su padre, en realidad, era sumamente victimista, negativo y dependiente. A pesar de la buena intención del hombre, lo que J. recibía día tras día eran las actitudes y emociones reales de su padre, totalmente contrarias a su discurso.

Si quieres ser un buen maestro no enseñes lo que sabes, enseña lo que eres.
Tus hijos no harán lo que les dices, harán lo que te ven hacer. 

Alejandro Jodorowsky

Como padres y madres, el mejor regalo que podemos hacerles es el de conocernos en profundidad, trabajarnos y sanarnos a nivel personal. Si trabajamos para minimizar nuestras neuras, seremos capaces de dejar una mejor herencia emocional y psicológica a nuestrxs indefensxs hijxs.


EMOCIONES EN JUEGO


Es obvio que quien siente la necesidad de defenderse, es porque se está sintiendo atacadx:

– Rosa: “no me has avisado de que llegabas más tarde”  – Jordi: “pues tú siempre me haces esperar media hora”  (… y discusión posterior)

¿Qué es lo que hace saltar el resorte defensivo del “y tú más”? Vamos a imaginar ahora, qué reacción (seguramente automática e inconsciente) puede haber tenido Jordi según la emoción que le haya llevado a responder así:

– Culpa: “puff, me siento fatal por haber llegado tarde, voy a acusarla a ella a ver si me libro de la culpa” (sí, la culpa hace que hagamos toda clase de cosas extrañas, una de las más frecuentes es la de proyectarla fuera de nosotrxs en un intento de librarnos de ella)

– Rabia/resentimiento: “¡encima que he corrido como un loco, y además ella siempre llega tarde!” (si hay resentimiento acumulado o rabia, es muy probable que se dispare rápidamente la defensa-acusación)

– Miedo/inseguridad: “ay, otra vez me va a caer bronca, mejor me defiendo y así desvío la atención” (a veces estas emociones hacen que nos disculpemos demasiado, pero otras veces nos pueden llevar al otro extremo)

– Irresponsabilidad: “bah, total, por media hora… No hay para tanto” 

– Orgullo: “¿admitir un error? ni hablar! sigue con la cabeza bien alta!” 

Si estas emociones son frecuentes en nosotrxs, son las que interpretarán el mensaje como algo agresivo y personal, disparando la necesidad de contraatacar. Quizás la intención de Rosa no era más que la de señalar un hecho… Una cosa es que me sienta atacadx y otra diferente que me hayan atacado.

Una cosa es lo que me dicen y otra distinta lo que yo entiendo si lo interpreto a través de mi filtro neurótico y no me centro en la obviedad del mensaje.

comunicacion

¿Qué es lo más responsable y sano en este caso? Pues volver al tema principal, que Jordi admita su retraso, que ambos expresen cómo se sienten al respecto y que dejen el tema de los retrasos de Rosa para cuando suceda.

En lugar de usar este mecanismo tan poco constructivo, responsabilizarnos de nuestro fallo y actuar en consecuencia será un acto de honradez, conciencia, humildad y madurez que alimentará nuestra parte sana y le dará un revés a nuestra neura.



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